Todos tenemos nuestras manías, y a todos nos molestan algunas cosas que los demás hacen (incluso hay quien –incomprensiblemente- se molesta por cosas que yo mismo hago). Pero hay ciertas actitudes que me ponen realmente furioso:
- Me da auténtico asco tener que aguantar el sonido que hacen algunas personas al comer con la boca abierta como si todos los que estamos a su alrededor debiéramos sentirnos alagados al ver la transformación que sufren los alimentos en el interior de su boca a medida que las va masticando y ensalivando. Por no hablar de los cerdos que mascan chicle ruidosamente, creyendo que con sus sonidos interpretan una bonita melodía de música “mákina” del mas puro estilo “FLAIX-FM”. Conocí a una persona que se excusaba diciendo:
-Es que si no hago ruido, no noto el chicle
…
Caminando por las calles podemos observar a persona guarras que no ocultan para nada su condición. Todos hemos visto alguna vez al típico cerdo escupiendo cada dos pasos. Los hay que no solo escupen sin miramiento, sino que además sorben las mucosidades con gran esfuerzo, al tiempo que echan la cabeza hacia atrás con un rugido repugnante, después toman impulso, y lanzan su ADN lo mas lejos posible intentando marcar su propio record de guarrería. Hay quien intenta disimular el escupitajo y al dejarlo caer al suelo, lo pisan, esparciéndolo por la acera, como si lo estuvieran rematando o pretendiendo con esa acción, que su “lapo” se evapore antes. En una ocasión, saliendo yo del dentista con la boca acartonada por la anestesia, tuve la necesidad de escupir el desagradable sabor que me había quedado en el paladar. Esperé a que no mirara nadie y solté con fuerza mi escupitajo. Lo que no tuve en cuenta era que los efectos de la anestesia no habían desaparecido, por lo que mi “sipiajo” fue a dar directamente a mis impolutas zapatillas blancas, mientras que unas cuantas babas se depositaron sobre mi camisa blanca recién lavada con “Perlan”
Estoy realmente cansado de ver al típico señor (o señora) con un nivel de educación en números rojos, que pasea al perrito por la calle dejando que suelte muestras de ADN por todas partes. Lo peor no es que el perro se cague (en algún sitio debe hacerlo) sino que el amo sea tan cerdo como para no recoger el “regalito” de su mascota. ¡A ver si nos enteramos! Que es muy bonito que el chucho mueva el rabo al llegar a casa, nos traiga las zapatillas, el periódico, o nos planche las camisas, pero a cambio asumamos también nuestras responsabilidades con él. Si no es así, mejor comprarse uno de peluche o un “Nintendog” ¡que a ellos no les apesta la mierda!
Animales al margen, es increíble con lo que te puedes encontrar cuando vas conduciendo. En los semáforos en rojo vemos dos clases de comportamiento:
-El fumador, que aprovecha para encender un cigarrillo que en muchas ocasiones termina lanzando la colilla sin mirar en el primer sitio que le apetece).
-O el no fumador, que aprovecha el tiempo haciendo espeleología nasal (se saca los mocos). De esta última categoría son dignos de mención aquellos que lo hacen con violencia, casi como si hubieran perdido en el fondo de sus fosas nasales el santo grial o el tesoro de los Incas. Aun que también prolifera el educado, que tras una mirada furtiva a ambos lados de su coche procede a la extracción de tan valioso tesoro con delicadeza y disimulo. Una vez obtenido el material, lo mira y procede a deshacerse de él. Hay quien lo lanza por la ventanilla del vehiculo cual proyectil teledirigido hacia el arcén opuesto de la carretera sin parar cuenta en las vidas que pone en riesgo por el impacto de los “mocos asesinos”. También hay quien disimuladamente los pega en el lateral del asiento del coche, y de eso saben mucho los mecánicos, que en ocasiones se tienen que armar de valor a la hora de arrancar una gruesa capa costrosa del asiento donde los guarros ponen el culo. O quien los pega en el lateral del pantalón (en la costura) estando de ese modo “Juntos para siempre” Y por último (y no menos abundante) está el que directamente se los come cual exquisito manjar de Dioses. Lo que si caracteriza a todos los que se sacan los mocos es el interés que ponen en mirar detenidamente el hallazgo que tienen en la punta de su dedo índice. Los hay que incluso juegan con el, presionándolo con el dedo pulgar, para detectar la viscosidad y la textura del pastel verdoso, analizándolo cual agente del C.S.I. en plena búsqueda de pruebas forenses.
-Por supuesto, también esta la categoría del que fuma y al mismo tiempo se saca los mocos. Este suele tener mas accidentes ya que le faltan manos para coger el volante.
En el asunto de la higiene personal también hay mucha gente marrana. El que vive solo y le gusta poco lo de las tareas domésticas suele apurar al límite para poner una lavadora (ya no digo lo de planchar) Conocí a un tipo tan marrano, que un día se rascó la muñeca izquierda y se encontró un reloj. Esa actitud hace que cuando se acercan a ti llegue su hedor diez metros antes. Casi puedes hacer apuestas si estas con los amigos en la calle:
-mira aquella esquina, te apuesto 20 € a que aparece Jaime por la esquina.
-pues yo te apuesto 30 € a que el que viene es Pedro
Y acaban apareciendo los dos.
También alguien debería avisarles de que si ponen la lavadora, pero no sacan la ropa después de que se acabe el proceso, las prendas de vestir van cogiendo un apestoso olor a húmedo que ya no se va por mucho que planche la ropa con un litro de colonia “Nenuco”. Normalmente utilizan la excusa de que su “Lavadora-Secadora” se ha estropeado a mitad del ciclo de trabajo. Entre los guarros más guarros del mundo están los que no se duchan mas que una vez al mes, o solo lo hacen para el día de su cumpleaños. Lo intentan disimular con colonias baratas aplicadas a litros sobre sus apestosos cuerpos, pero el resultado no es más que una amalgama infecta de hedores a cual peor. La uñas de las manos siempre están coronadas por una línea de roña negruzca que ya forma parte de su ser y que siempre acaban diciendo que vienen de arreglar el jardín de su madre o de la vecina de al lado. Si les miráramos las de los pies, probablemente veríamos unos enormes mejillones oscuros, debajo de los cuales se suponen deberían estar los dedos. Esta gente no tiene problemas de caspa ni de piojos. Directamente tienen en sus cabezas un microclima con vida animal propia, pero para disimularlo, se ponen gorras publicitarias de lo que sea. Conocí a un tipo que un día se quitó la gorra para hacerse una foto del DNI y cuando terminó, la gorra iba andando sola calle arriba. A esta gente que no se lava, deberíamos explicarle que no es tan malo eso de ducharse. Un ex compañero del colegio (de 45 años) vino a verme hace poco, cuando lo olí casi me desmayo del “tufo”, se lo dije y me contestó:
-es que la primera vez que me duché sentí una sensación muy extraña…
-¿y la segunda? –le pregunté-
-eso ya te lo explicaré cuando lo haga…
No os creáis que lo de la guarrería sea cosa de hombres. Algunas mujeres que conozco no se quedan atrás. Se de algunas que van a la peluquería, y con la excusa de no estropear el peinado que les ha costado un “güevo” están sin lavarse la cabeza un mes entero. Y la ropa cara, como la deben llevar a la tintorería en lugar de lavarlas ellas, acaban usándola unos días, la cuelgan en el armario, la vuelven a usar pasado un tiempo y así sucesivamente. Lo que no saben ellas es que el sudor se queda en la ropa y tiene lo que los científicos llaman “efecto memoria” es decir, que cuando la vuelven a utilizar, recuperan toda la pestilencia acumulada hasta la fecha de guardado y además hay que añadirle el nuevo hedor actual. Total, una guarrería multiplicada por dos.
Especial mención a la guarrería llevada al extremo, tienen todos aquellos que en los servicios públicos hacen de las suyas. Al parecer es un sistema que usa el cerebro (de mosquito) de algunas personas para desahogar sus frustraciones en el seno del hogar.
Según un estudio, la gente que en su casa viven de un modo ordenado, limpio y delicado, tienden a transformarse en cerdos de mierda al salir por la puerta de sus casas. Su primera reacción es ir a un lavabo público, (ya sea de un bar, restaurante, estación de tren o ayuntamiento) bajarse los pantalones, y mearse por todo el perímetro de la taza del váter. Por si no tienen suficiente, se lían a escupir en el espejo del lavabo para castigarse a si mismos, (ya que escupen sobre su propia imagen) o también los hay que prefieren hacer enormes pelotas de papel higiénico mezcladas con agua y pegarlas en el techo del WC con la intención de crear una obra de arte como la famosa cúpula de “Barceló”. No dudo de que pueda salir incluso mejor que esa obra de arte, pero no deja de ser una guarrada para quien lo tiene que limpiar. Las mujeres no son mejores, simplemente utilizan otras técnicas. Ellas desenrollan todo el papel higiénico y lo depositan en la taza con la bonita intención de embozarla. También la suelen llenar de compresas y tampones usados el inodoro. Hagan lo que hagan, esas personas simplemente se curan de sus frustraciones haciendo fuera de casa lo que en las suyas no está permitido. Por mi como si se lían a cabezazos contra la pared, ¡pero que lo hagan en sus casas y dejen de joder al resto de los mortales!
Otro apartado sobre la guarrería es el cuidado personal de los hijos. Es lógico que los niños se ensucien, pero también hay que lavarlos de vez en cuando. Tuve una vecina que era madre de cuatro niños de edades entre los dos y lo siete años que siempre andaban de porquería hasta las cejas. Ante un comentario mío sobre cuando les lavaría la cara a sus hijos, me contestó:
-¿para que voy a lavarlos? ¡Si ya los reconozco por la voz!
Ante semejante lógica, hay que callar.
En fin. Que por el mundo corren muchos mas cerdos de lo que pensamos. Y lo triste es que de ellos no se pueden hacer ni jamones, ya que son cerdos de dos patas. Eso si, huelen igual (o peor) que los de cuatro.